de Teruel a la Costa

 

De: Teruel A: la Costa
Distancia: kilómetros Duración: horas, minutos
Itinerario: Teruel – La Puebla – Mora de Rubielos – Rubielos de Mora – Castellón – … ..
Otros Datos de Interes: Os pongo unos enlaces bastante interesante:

Información sobre Teruel

Mora de Rubileos

Información sobre Castellón

 

   Es esta una ruta que desmiente aquella máxima de «la linea recta es siempre la distancia más corta entre dos puntos». Efectivamente, si al motero que repostando en cualquier gasolinera de Teruel se le ocurre decirle al empleado que piensa ir a Castellón por la comarcal A-232, esa que en el mapa parece ser la vía directa y más corta entre Teruel y la costa, le responderán algo así como: «Lo más corto es por Sagunto, por la nacional, por el otro lado ya no va nadie. Bueno sí, algunos, porque quieren ver cosas, pero yo no se la recomiendo, está muy mal…»

   Pues esa carretera que «está muy mal» es una de las mayores delicias para cualquier amante de los paisajes escarpados, los pueblos medievales, la buena comida y, especialmente si va en moto, las curvas más delirantes y divertidas que se pueden encontrar en el Levante español.

   Empezamos pues la ruta saliendo de Teruel por la N-234, en dirección a Valencia, comprobando que efectivamente esta «nacional» es rápida, aburrida y bien plagada de coches. Debemos agradecer a esta vía rápida lo tranquilas que encontraremos las comarcales que nos esperan a continuación.

   Apenas 20 kilómetros más allá, encontramos la desviación a La Puebla y a Mora de Rubielos, que cogemos sin dudar, para bajar de golpe dos marchas en nuestro motor, y sumergirnos en un mundo que se nos antoja parado en el tiempo, de arquitectura, gentes y precios tradicionales.

   Casi 18 kilómetros más adelante, por esta misma A-232 encontramos Mora de Rubielos, un precioso pueblo dotado con una gasolinera reponedora y necesaria. ¡No habrá más en nuestro camino!

   En Mora se debe pasear por las calles sin temor a que nadie toque nuestra montura, y subir al castillo del siglo XIII, un prodigio de conservación, así como –si el estómago lo aconseja– almorzar, por ejemplo, en «El Rinconcico»: manjares de hoy a precios de ayer, muy recomendable.

   Una veintena de kilómetros más allá, nos encontramos con el hermano medieval de Mora: Rubielos de Mora, con un conjunto histórico de arquitectura popular y sosiego medieval que nos transporta y casi nos avergüenza si dejamos escapar de nuestro tubo de escape más decibelios de la cuenta.

   Superada la etapa «cultural» del viaje, toca enfrentarse a uno de los firmes más deplorables de cuantos hallemos en carreteras españolas. Hemos de seguir en todo momento las indicaciones que anuncian la dirección a Castellón, que nos sirven de prueba y confirmación de que vamos por la ruta buena y no hemos tomado por error ningún camino de cabras.

   Los paisajes son majestuosos y los picos que jalonan nuestra ruta están siempre nevados en invierno, siendo territorio apreciado por esquiadores de fondo. Y de repente, tras franquear el río Mijares, se produce el milagro: el camino degradado se transforma en asfalto impecable al que parecen adherirse hasta los rayos del sol, de lo negro que es. Efectivamente, hemos entrado en la provincia de Castellón, como nos confirma el innecesario cartel de bienvenida. Ahora sí, las curvas son un placer, la moto inclina sin temor y la ausencia de seres humanos se convierte en aliciente para conducir, y no en motivo de preocupación.

   Nuestro camino asciende, por encima de los mil metros, hasta el primer pueblo castellonés, Cortes de Arenoso, que se diría fue todo edificado en vertical, siguiendo el cauce del río que le da nombre. Y las curvas siguen desquiciadas, subiendo puertos y descendiendo valles, poniendo a prueba nuestros frenos, nuestro sentido del equilibrio, y nuestra capacidad de disfrutar. Tal es el estado de ensoñación que podemos alcanzar que corremos el riesgo de pasarnos de largo el precioso Castillo de Villamalefa, en pleno puerto del Remolcador, con espléndidas panorámicas que tientan al dedo ansioso por dar rienda suelta al obturador de nuestra cámara fotográfica.

   De nuevo hacia abajo, ahora ya sin remedio, llegamos al pueblo colgado de un barranco de Llucena, donde podemos hacer parada en el mirador «La Media Luna» y sentirnos orgullosos de los pasos que hemos superado.

   Pasado este pueblo, el tráfico comienza a ser sensible hasta llegar, a escasos 10 kilómetros, a la plena civilización: L´Alcora, capital del azulejo, a dos pasos ya de Castellón y donde la carretera de montaña cede su testigo a la vía de doble carril por sentido y nos sumergimos en el reino de las europeas rotondas sin remedio. No vendrá mal a nuestros musculos fatigados el baño reponedor en las siempre cálidas aguas de Benicassim, por ejemplo.

   Como dijo el gasolinero: «Algunos van por allí, pero cada vez menos…» ¡Que siga siendo así para los de las cuatro ruedas, por favor!

Por JAIME ESTEVEZ (elmundoviajes.com)

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